Silvestre recayó había dejado el Whisky para entregarle su vida al gimnasio y a Dios

Atrás habían quedado las rumbas y el Buchanans para darle paso al gimnasio, la Biblía y a Dios. Al parecer volvió a su tormentoso pasado.

Llegaba, después de tres días de rumba inclemente, al apartamento de 500 metros cuadrados que tiene en el norte de Bogotá con los ojos reventados y la lengua hecha un estropajo. Lo levantaba, bien entrado el día, el chillido del citófono.  Abajo sus representantes lo esperaban para cumplir con los conciertos, las entrevistas, los compromisos que le acarrea ser una estrella del vallenato. El apartamento, lleno de lujos, no tenía una sola gota de agua fría. Para aplacar la sed del guayabo no tenía de otra que pegarse al tubo en la cocina.

Al encender el celular le entraba el rosario de llamadas perdidas que Pieri Avendaño, su esposa, le hacía desde la casa que tienen en Miami. La culpa exacerbaba la resaca y el único momento en el que dejaba de sentirse miserable era cuando se subía al escenario y demostraba que estaba hecho. El Old Parr le calmaba los nervios y después del segundo trago sabía que había vuelto a entrar al círculo que lo volvería a dejar borracho, sin esposa ni hijos, en el espacioso apartamento bogotano.

Por ese tren de vida Silvestre Dangond, el cantante que cobra 100 millones de pesos por presentación, al que contratistas como Emilio Tapias le regalan Rolex de 50 millones de pesos por su saludo en un concierto, le estaba cogiendo fobia a promocionar sus canciones. Cuando se resistía al alivio que le proporcionaba el licor, se atiborraba de pastillas para la ansiedad pero nada lograba apaciguarlo y así pasaba sus noches, con los ojos abiertos, las sabanas mojadas de sudor y el teléfono vibrando por las llamadas incesantes de Pieri. Silvestre añoraba las tardes de bicicleta con su esposa y sus hijos por las calles de Palm Beach. Ahora todo eso estaba muy lejos. Podía ser el cantante más querido de Colombia pero también era el más solo. Entonces, para hacer el cambio, decidió apagar su iPhone, desconectarse por completo de su familia hasta ver la luz al final del túnel.

En esos 40 días de arrepentimiento y soledad, Silvestre se acordaba de todas las locuras que una fama repentina le había hecho hacer. En el 2005, cuando recién sus canciones empezaban a traspasar fronteras, se declaró chavista. El mismo Hugo Chávez, quien por esos días haría un Aló Presidente en San Cristóbal, lo invitó a cantar con él en su programa. Un trancón en la salida de Cúcuta lo hizo llegar cuando ya todo había terminado. Sin embargo, ese mismo año, le mentó a la madre a Bush en un concierto por meterse con el líder máximo de la revolución venezolana. Sus convicciones chavistas estaban tan arraigadas que hasta le hizo pelear con su compañero de fórmula, el acordeonista Juancho de la Espriella, porque este no hacía sino hablar de la gracia de Dios. Silvestre sólo creía que el paraíso estaba en la tierra, era millonario y apenas tenía 30 años.

Pero un día se cansó de las mujeres, del trago, de la noche. Se cansó de prometerle cosas a su esposa que nunca le iba a cumplir, de atracarse de noche con pedazos de pollo frito que lo llevaban a subir, en un par de semanas, 15 kilos. En octubre del 2015 Pieri, extenuada por las llamadas sin respuestas, lo fue a buscar a Bogotá y ambos fueron a ver a Alex Campos en una iglesia cristiana. Silvestre ya conocía al músico bogotano por el libro Poemas de Dios que la misma Pieri le había regalado. Pero al verlo en vivo sintió la gracia divina que hace desmayar y soltar en profusos llantos histéricos a todo aquel que lo toque. Sorpresivamente Silvestre subió al escenario, se arrepintió delante de cientos de fieles de todos sus pecados y cantó a dúo con Campos la canción Mi fiesta que salió esta semana al mercado.

Entonces, libre del peso que lo oprimía, Silvestre volvió a Miami con su familia, se tomó un tiempo de descanso y ahora se le ve renovado como el jurado bonachón de A otro nivel el reality de Caracol que promete reventar el rating. El trago, la noche, los excesos y los escenarios, los ha reemplazado por una Biblia, su familia, agua mineral y un set de grabación en el que quiere resaltar nuevos talentos musicales.

A sus 36 años Silvestre Dangond había enterrado su ego, pero este video publicado en sus redes sociales, anuncia que el gran cantante ha vuelto por sus fueron rumberos.

Las 2 Orillas